No respires: La riqueza de una contradicción

Es cierto, todos odiamos repetirnos. Pero odiamos más contradecirnos. Las contradicciones nunca son bien vistas. Ni siquiera por quienes las viven a diario. Demuestran ambigüedad, falta de visión, decisión o voluntad. Felizmente para eso tenemos el arte. En él las contradicciones solo enriquecen. Demuestran la humanidad y complejidad de quienes somos: lo que nos define. Lo corroboran los miles de amantes de la película El padrino. Los lectores o estudiosos de las obras de Sófocles, Shakespeare  y otros tantos que han sabido darle esa dualidad, tan común en la vida diaria, a la ficción.

No respires es una de esas ricas contradicciones. No por la trama, que no tiene nada de contradictoria. No por las tomas o los juegos de cámara. Ni siquiera por los personajes, que mantienen siempre características y motivaciones bien definidas: Money, Rocky, Alex. Sino por el antagonista (¿o protagonista?). Un antagonista cuyo nombre propio nos es ajeno hasta el final y que, fuera de su desquicio, demuestra que en las artes escénicas nunca hay nada de más.

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La historia: tres jóvenes se pasan la vida hurtando cosas de casas ajenas a las que ingresan gracias a una preciosa coincidencia (el padre de Alex tiene un dispositivo capaz de abrir puertas y desbloquear la seguridad). Nada es novedoso hasta la idea de entrar al hogar de un anciano que no solo es invidente sino un héroe militar. A partir de ahí la película cobra un giro. Los que en un inicio muestran tener el dominio (robos sencillos, tranquilos y elaborados) pasarán a sumergirse en la frustración e impotencia de no poder controlar nada.

Con un juego de cámaras muy bien distribuido, escenas de suspenso-puntuales e inesperadas-, acompañadas a una recurrencia de sonidos (casi imperceptibles para el espectador atento a la historia), el film No respires dirigido por el uruguayo Fede Alvarez, tiene la peculiaridad de no ser solo dinámico, sino ambiguo y, por qué no, contradictorio. Su dinamismo abarca también el tipo de géneros al que alude: suspense, thriller, survivor, terror, policial.  Sin embargo, lo más resaltante es una marcada contradicción que aunque sutil no deja de ser rica en la medida en que conecta tanto la estructura formal como la trama.

Los personajes están marcados por rasgos peculiares que los hacen identificables (tags). Pero uno de ellos resalta y domina la historia: el héroe militar. Invidente que termina siendo un milimétrico y sistemático antagonista. La más grande contradicción se resume en él. En todo lo que sabemos de él. Cualquiera pensaría que la situación de 3 jóvenes delincuentes es ventajosa frente al pobre hombre, pero si nos enfocamos en el conocimiento detallado del lugar, la ubicación de las cosas, su educación militar, el fino sentido auditivo que lo acompaña, la exactitud escalofriante de sus movimientos o su lenguaje corporal marcado, certero y letal. Estamos ante la presencia de un asesino experto en combate.

Y sí, su desventaja es ser invidente. Pero en algún punto ese hecho termina siendo su fortaleza principal. Pues solo se guía de su amplio conocimiento de los espacios externos, de su propio cuerpo y del de sus rivales. En los momentos en los que se encuentra en desventaja (curiosa desventaja), su desarrollo corporal cambia, sus movimientos demuestran cierto grado de temor, de sumisión. Lo cual despista hasta al propio espectador. Sus motivaciones, en un inicio “justificables”, pasan a ser luego macabras, sino desviadas. El tono de su voz– que solo aparece en contadas ocasiones – también es contradictorio pues no mantiene correspondencia alguna con su lenguaje  corporal.

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Este ex militar es el impredecible personaje que condiciona el film. Lo saca de la simplicidad de ser una historia más y lo inyecta de expectación, de estupor, y hasta cierto punto de incredulidad (de una muy efectiva). Solo dos cuestiones negativas. Primero, el desarrollo lineal del personaje femenino, por quien se desencadenan todos los acontecimientos y que, incluso en el último instante, mantiene su principal motivación, hace caer un poco el ritmo trepidante de la historia. Segundo, el desenlace abierto que se correlaciona con el triunfo de la joven respecto a sus deseos y su, al parecer, poca conciencia de los acontecimientos desarrollados.

Por estos motivos No respires se convierte en un thriller ambiguo y singular. Que tiene como punto fuerte la buena distribución de sus escenas clímax.Los tags que definen  a sus personajes. Un escenario constantemente grisáceo, lúgubre. La alternancia siempre enriquecedora de la cámara. El desarrollo principal y fundamental de acciones por encima de los diálogos. Pero, sobre todo, un antagonista único que demuestra la complejidad de un individuo que representa el lado más oscuro y brutal de alguien desahuciado (en el sentido más completo del término). Una contradicción muy humana que nos obliga a entrecortar nuestra respiración por 90 minutos colosales. Y también a recordar de qué estamos hechos.

 

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