La gran apuesta: ¿Ser o parecer? Un macro retrato de la realidad

Pregúntense. Con sinceridad. A lo largo de nuestra vida, cuántas veces hemos evaluado, conscientemente, nuestras acciones. Cuántas veces nos hemos dejado llevar por nuestra conveniencia, disfrazándonos en una normalidad patentada por la sociedad, en una habitualidad fomentada por los individuos que representan cada clase social. Y que nos repiten – inconsciente o explícitamente –  que lo que hacemos puede ser discutible pero no anormal porque no seremos los primeros ni los últimos que caigamos en esos actos. Calmando así nuestra mortificadora conciencia.

La gran apuesta es un film del 2015 que hace coincidir a tres reconocidos actores: Christian Bale, Brad Pitt y Steve Carell dirigidos por Adam McKay. La historia nos presenta un tramado,  virulento y cínico, basado en una crisis ocurrida hace no muchos años (2008). Esta película habla sobre la avaricia, sobre el pernicioso y despotricado juego en el que se fundamenta nuestra sociedad actual. Esta es una cinta que va de un caso en particular al arcano de la modernidad: el adictivo y frívolo mundo de las apariencias.

En la literatura, el cine y en otras expresiones artísticas se han llevado a cabo un conjunto de elocuentes discursos que denuncian ese inconsciente gusto por la ostentación, por la deshumanización del hombre. La cual pretende y consigue convertirnos en números, cifras, porcentajes (valores todos, cuantitativos). Desde el engranaje más insignificante de la sociedad: la moneda, pasando por los montos salariales de los empleados para llegar hasta las grandes transacciones comerciales (bonos, hipotecas, etc.) que mueven billones de dólares anuales y que condicionan todo el engranaje colectivo, conformado por el hombre, a moverse en un mismo sentido por seguir la fuerza abrumadora del grupo. Evitando incluso la propia consciencia, la retrospección.

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El estilo, muy similar al de El lobo de Wall Street (2013), está cargado de hilarante cinismo. Impregnado de un desenfadado sentimiento de incredulidad ante la realidad. ¿Y cuál es la realidad? Las apariencias, que a su vez llevan al desbarajuste, a la intransigencia. Todo, absolutamente todo el mundo de La gran apuesta presenta esta necesidad de ser algo más, algo distinto y obliga a sus huéspedes a luchar, sin saberlo, en el marco de lo que son y lo que aparentan ser. Así, tenemos 3 historias paralelas que representan a “oportunistas”. Pero oportunistas de diversos tipos. Uno desenfadado (Steve Carell), otro ensimismado y sistemático (Cristhian Bale). Y el grupo de Brad Pitt, marcado por el optimismo, el deseo puro e ingenuo.

Hablando del desarrollo técnico, siempre tenemos presente la voz del narrador (ejemplos similares hay en la cinta antes mencionada o en El señor de la guerra, por ejemplo). Tampoco encontramos muchas variables de contrastes. Hay algunos personajes más definidos, con rasgos y motivaciones más notorias que otros, pero el poder narrativo de la trama obvia, hasta cierto punto, e impide un juego más complicado, más enriquecedor (porque el juego principal está en los acontecimientos). Esto en parte quizás se deba a que estamos ante la adaptación del libro de Michael Lewis.

Considero que en términos cinematográficos el lobo de Wall Street es más contundente. Sin embargo, por el desarrollo sincero, directo y deslumbradoramente pedagógico (abundan las escenas explicativas), así como por la profunda humanidad de sus protagonistas – una humanidad perdida, probablemente a propósito, en la cinta de Scorsese – que a pesar de sus intereses, de su intención de aprovechar la oportunidad no parecen disfrutarla plenamente (excepto el grupo de jóvenes anexados a Brad Pitt). Porque en el momento en que triunfan comprenden el sucio y enmarañado mundo en el que están sumergidos. Comprenden que quienes terminan pagando son en realidad los que no tienen, los que nunca tuvieron nada.

La gran apuesta es un retrato panorámico de la realidad global en términos no solo financieros sino también culturales y sociales. El cual evidencia que el mundo en su acelerado proceso de sistematización, de utilitarismo ha podrido – con su reducción del hombre en números – todo lo que él consideraba digno, humano. Degradándolos, transformándonos en el simple enunciado de la fraudulenta apariencia de un exitoso banquero o corredor de bolsa  que puede ser arruinado y despedido porque, incluso su propio conocimiento de las reglas que rigen el mundo donde es exitoso, son solo apariencias sujetadas a un hilo muy delgado: la negación de la realidad que nos aplasta a todos, tarde o temprano.

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